martes, 5 de febrero de 2008

Pesadillas


Legaba a una especie de circo romano modernista, emocionada por el espectáculo que iba a presenciar, sin embargo al apagarse las luces y comenzar la función nada era como yo esperaba, lo que parecía un ser humano, aunque no estaba nada claro, realmente podía ser un íncubo, un hombre disfrazado de payaso, un demonio, o las tres cosas a la vez incitaba al público a que le jaleara mientrass se dedicaba a hacer monerías.
A mi me horrorizaba presenciar tal espectáculo, una orgía brutal en la que invitaba a todos a participar, como Grenouille, una vez bien perfumado con el aroma de 25 doncellas vírgenes, todo el mundo quería sexo, y yo, aterrada por el peso de verme obligada a hacer algo que no quería hacer, intentaba mirar para otro lado, hacer que no veía lo que estaba viendo.
En vez de sacar algunas conclusiones, este sueño me ha provocado más bien muchas interrogaciones:
¿Tanto me pesa el juicio de los demás sobre mis últimas conquistas sexuales?
¿Acaso nadie se da cuenta que son sólo sexuales? ¿o acaso es eso lo que les preocupa?
Si no eres vecino mío, ¿por qué te importa que folle en mi portal un domingo a las nueve de la noche?, según dice mi amigo Adri, soy la única heterosexual que conoce que practica el cruising.
¿Es quizás el íncubo de mis pesadillas el reflejo de mi misma convertida, hoy por hoy, en un súcubo nocturno y solitario, al fin y al cabo?

Sedienta de placer y hastiada de sentir busco mi reflejo en cuerpos desconocidos de tierras cada vez más remotas.

Tú y Yo


Las últimas veces que nos hemos visto han sido siempre encuentros casuales... Ya es raro que en una ciudad como Madrid te encuentres cinco veces, en cinco sitios distintos, tú dices que esto seguirá pasando, francamente, espero que si ocurre sea en mucho tiempo.


Aunque estos encuentros sean en días y lugares distintos, la tónica se repite, andemos con quien andemos: íntima conversación, tus manos en mi espalda, un par de copas y de repente, ¡alehop! nos hemos quedado solos. Al principio de nuestra relación, cuando nos llamábamos para quedar y nos veíamos con frecuencia, recuerdo que estirábamos la noche, hasta que no se hacía de día: bebíamos, bailábamos, reíamos y sólo cuando despuntaba el alba alguno de los dos proponía parar, casualmente siempre en el mismo sitio, tu cama.


Ahora ya no hacemos esas cosas, todo ha cambiado, preferimos ir directamente a casa, allí se puede hablar con más tranquilidad de nuestros miedos, del arte, últimos descubrimientos musicales, la gente a la que queremos o hemos querido en este tiempo, planes futuros que nunca llevamos a cabo ¿cuántas veces hemos dicho que nos tenemos que ir de viaje juntos?


Eso sí, cuando llega el día y empezamos a hablar de auténticas gilipolleces, me callas con un beso y volvemos siempre al punto en que lo dejamos esa primera noche hace ahora cuatro años: las mismas palabras bonitas, la misma pasión, la innegable complicidad entre nosotros... Sabiendo que nunca nos tendremos del todo y queriendo estirar ese momento todo lo posible.


Después de los primeros encuentros casuales aprendí que la vida sigue, no me entristecía ni alargaba el momento más de lo aconsejable, simplemente lo disfrutaba y después seguía con mi vida sin saber nunca cuándo volveríamos a encontrarnos.


La última vez no fué así, no sé que se te pasó por la cabeza y empezaste a prometerme cosas, que por supuesto no has cumplido... Ya ni siquiera nos quedan los encuentros fortuitos y no sé si estoy triste porque no se repitan o alegre porque creo que, por fin, he roto tu hechizo, el poderoso hechizo del "chamán".