
A veces, por este cabezón que tengo, pasan un montón de cosas bonitas, llegan como una ola que arrasa los momentos oscuros y me inunda toda de ese resplandor efímero que es la felicidad: el olor de un libro viejo, la canción de un juego de la infancia,-esa infancia de vagabunda jugando en la calle con las manos sucias y el abrigo en la cabeza imitando la capa de superman-, el primer beso con el primer amor, una clase de pintura con mi abuela, el peso de mi perro en las rodillas cuando duerme conmigo...
Hacía tiempo que no pensaba en cosas bonitas, y entre todos estos recuerdos uno que hacía mucho no rememoraba, siempre he sido noctámbula, desde pequeña mis horas de sueño han sido escasas, esta cabeza mía que me impide dormir demasiado y perderme la vida, haga lo que haga con ella, el caso es que los fines de semana me levantaba al alba, mi madre me dejaba el desayuno preparado y yo veía la tele arropada con una manta viendo amanecer. Cuando mi hermana se despertaba y nos aburríamos de ver la tele ibamos a la habitación de mis padres saltábamos encima de ellos hasta que se despertaban.
Ahora, cuando no puedo dormir o vengo de fiesta a altas horas, en mi reino de las goteras, me tapo con una manta, enciendo la tele muy bajita y veo amanecer...
Lo más curioso, es que todo esto me ha venido a la cabeza cuando me he dado cuenta que ahora, en mi propia casa y con mi particular familia, hacemos lo mismo... Para mi no hay mejor manera de despertar...