
Recuerdo a mi madre inventándose cuentos para mí en la madrugada, luego la hacía repetirmelos exactamente igual a como me los había contado la primera vez, porque me acordaba de cada palabra que ella decía, y en cuanto empecé a leer, los cientos de viajes que tuvo que darse cada vez que la llamaba desde la cama para preguntarla, "mamaaaaa ¿qué quiere decir esto?”
Recuerdo a la abuela Serafina, vestida de negro y sentada en una butaca pequeña...
Recuerdo las tardes en casa de mi abuela, el olor a café, una casa llena de mujeres, amor y ruido, viendo con mi hermana Barrio Sesamo, recuerdo la tarde en la que el toro pilló a Paquirri y todas la pasamos con el corazón en un puño hasta que nos enteramos de que había muerto y de la retransmisión de los partidos de baloncesto con Romai, Iturriaga, Corbalán,... Nunca más he sabido el nombre de ningún jugador.
Recuerdo el bar de mi abuelo, al canelo, y que yo me escondía en la cocina porque todo me daba verguenza mientras mi hermana recitaba a la clientela poesías encima de la barra: “como mi muñeca tiene un poquito de tos, yo que enseguida me aflijo, hice llamar al doctor”
Recuerdo las noches que íbamos con papá y mamá al cine y a cenar, lo mucho que me impresionó la “Historia Interminable”, las comidas en el “Topi”...
Recuerdo los veranos en Puertollano con mis primos y mis tíos jugando en la calle hasta bien entrada la noche, cuando llegaba septiembre las rodillas estaban llenas de cicatrices, algunas de las cuales aún conservo, el verano entero a la espera de que Victor naciera, la casa del vecino en la que vi “Holocausto Canibal” y que me produjo pesadillas durante meses.
Recuerdo la “arena suave”, en la que todos jugábamos durante horas en la parcela, nuestras cabañas en las encinas, las peleas con otros niños, el día que el “cara huevo” se metió con nosotros y yo, ni corta ni perezosa, le tiré una piedra que pasó rozando su mejilla y ya no volvieron a molestarnos, cuando “la Mari” jugando a las comiditas se llenó los ojos del líquido de las guindillas y corrió a ciegas por el campo para buscar a mi madre, y mi temor por si se había quedado ciega. Las fiestas de la urbanización el año en el que “los vallina” acaparamos casi todos los premios y cómo íbamos todos montados en la parte de atrás de la grúa del tío Coti.
Recuerdo que Rebeca y yo lo teníamos todo planeado, cuando tuviéramos 18, nos iríamos a vivir juntas, estudiaríamos una carrera y tendríamos muchos novios.
Recuerdo a los compañeros de colegio, las carpetas forradas con los poster de la Super-Pop, las dedicatorias del tipo “quiéreme cuando menos lo merezca que será cuando más lo necesite”, el viaje de fin de curso en el que me di mi primer beso con el primer chico que me gustaba y como, muy poco tiempo después, pasó también a ser el primer chico que me rompió el corazón.
No quiero tenerme que esforzar para recordar momentos buenos, los saco de vez en cuando y, mientras los he estado escribiendo, he notado que el corazón se me ha llenado de caramelo.
Recuerdo a la abuela Serafina, vestida de negro y sentada en una butaca pequeña...
Recuerdo las tardes en casa de mi abuela, el olor a café, una casa llena de mujeres, amor y ruido, viendo con mi hermana Barrio Sesamo, recuerdo la tarde en la que el toro pilló a Paquirri y todas la pasamos con el corazón en un puño hasta que nos enteramos de que había muerto y de la retransmisión de los partidos de baloncesto con Romai, Iturriaga, Corbalán,... Nunca más he sabido el nombre de ningún jugador.
Recuerdo el bar de mi abuelo, al canelo, y que yo me escondía en la cocina porque todo me daba verguenza mientras mi hermana recitaba a la clientela poesías encima de la barra: “como mi muñeca tiene un poquito de tos, yo que enseguida me aflijo, hice llamar al doctor”
Recuerdo las noches que íbamos con papá y mamá al cine y a cenar, lo mucho que me impresionó la “Historia Interminable”, las comidas en el “Topi”...
Recuerdo los veranos en Puertollano con mis primos y mis tíos jugando en la calle hasta bien entrada la noche, cuando llegaba septiembre las rodillas estaban llenas de cicatrices, algunas de las cuales aún conservo, el verano entero a la espera de que Victor naciera, la casa del vecino en la que vi “Holocausto Canibal” y que me produjo pesadillas durante meses.
Recuerdo la “arena suave”, en la que todos jugábamos durante horas en la parcela, nuestras cabañas en las encinas, las peleas con otros niños, el día que el “cara huevo” se metió con nosotros y yo, ni corta ni perezosa, le tiré una piedra que pasó rozando su mejilla y ya no volvieron a molestarnos, cuando “la Mari” jugando a las comiditas se llenó los ojos del líquido de las guindillas y corrió a ciegas por el campo para buscar a mi madre, y mi temor por si se había quedado ciega. Las fiestas de la urbanización el año en el que “los vallina” acaparamos casi todos los premios y cómo íbamos todos montados en la parte de atrás de la grúa del tío Coti.
Recuerdo que Rebeca y yo lo teníamos todo planeado, cuando tuviéramos 18, nos iríamos a vivir juntas, estudiaríamos una carrera y tendríamos muchos novios.
Recuerdo a los compañeros de colegio, las carpetas forradas con los poster de la Super-Pop, las dedicatorias del tipo “quiéreme cuando menos lo merezca que será cuando más lo necesite”, el viaje de fin de curso en el que me di mi primer beso con el primer chico que me gustaba y como, muy poco tiempo después, pasó también a ser el primer chico que me rompió el corazón.
No quiero tenerme que esforzar para recordar momentos buenos, los saco de vez en cuando y, mientras los he estado escribiendo, he notado que el corazón se me ha llenado de caramelo.


preciosa, gracias por recordar tus momentos con nostros!!!!
ResponderEliminarpara eso estamos las amigas, para recordarte los momentos buenos compartidos, como ciertas braguitas en la cabeza, estoy empapada y tengo frio (si no fue tan bueno, dio tantos buenos momentos), cierto bigotes graciosillo, horas interminables que empezaban con el café de la mañana y terminaban con el colacao que traí la mari a la habitación mientras terminábamos La pesadilla Turca, tantos proyectos, el goñidiccionario...No hemos crecido en el mundo de un tio gordito y sonriente, sino en el de un tio clavado y sangrando, pero podemos cambiarlo...y coo dice cierto amigo: otro slogan es posible!!!!
ResponderEliminarTQ improtante verketaleraaaaaaa!!!!