jueves, 13 de mayo de 2010


Edith Piaf nació delante de una farola, en plena calle, cuando su madre salió a pedir ayuda ya que su padre había salido a celebrar el nacimiento para emborracharse como hacía habitualmente por las calles de París. Su abuela materna la alimentaba con vino en vez de leche, porque decía que así evitaría infecciones y el único cariño que encontró de niña fue el de las prostitutas del burdel regentado por su abuela paterna, sin embargo, o quizás por eso, se aferró al poder de su voz con desesperación, pasión y desenfreno.
Aquí tenemos otra mujer que vivió, amó y cantó como le salió del coño: su voz era la de un gorrión y su sed la de un marinero, su aspecto era frágil, pero la fortaleza de sus ojos tristes soportó una infancia penosa, la pérdida de su hija a los dos años y la del amor de su vida en un accidente de avión cuando se dirigía a verla... A él le dedicó una canción que tiene, ni más ni menos, que el nombre que se merece, "Himno al amor" y después siguió viviendo, amando y cantando, sin rendirse nunca, sin dejar de existir nunca, al menos en todos los corazones que, como el mío, palpitan más rápido cuando escuchan sus canciones.


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